Hay un momento, en cualquier conversación sobre un libro, en el que alguien dice: “Pues yo no lo entendí así”. Se hace un pequeño silencio. Alguien vuelve a la página, busca la frase y la lee en voz alta. De repente, esa frase que parecía clara tiene varias lecturas posibles. Ese silencio es uno de los gestos más valiosos que hay: es el instante en que vemos que no todo estaba tan claro y empezamos a pensar.
A eso lo llamamos pensamiento analítico y, aunque suene frío, es algo muy humano. Es preguntarse por qué creemos lo que creemos, separar lo que un texto dice de lo que nosotros proyectamos en él o sostener una idea con argumentos, no solo con impresiones. Lo necesitamos para leer una novela, pero también para entender una noticia, contrastar diferentes fuentes de información, tener una discusión provechosa o decidir a quién creer en un mundo lleno de pantallas que nos muestran información sin parar.
Y quizá lo estemos perdiendo un poco. Hace poco se publicaron los resultados del informe PISA, que mide, entre otras cosas, cómo leen los jóvenes de quince años en medio mundo. Los resultados muestran que España ha retrocedido respecto al último informe y queda por debajo de la media de los países de la OCDE. Se ha hablado de posibles culpables: leyes educativas, gobiernos, pantallas… Pero hay un detalle del informe que resulta especialmente revelador: han aumentado los lectores apresurados, aquellos jóvenes que responden tan deprisa que apenas aciertan, como si no se hubieran detenido a leer el texto. Los responsables del estudio apuntan con prudencia a una posible causa: leemos menos por placer y más de manera digital, deslizando y desplazándonos por el texto con rapidez.
La buena noticia es que, en España, mucha gente sigue leyendo libros por gusto, también entre los más jóvenes. Puede, por lo tanto, que el problema no sea tanto si leemos, sino cómo leemos. Leer con prisa no es lo mismo que leer con calma, igual que oír no es lo mismo que escuchar.
Hace décadas que la investigación da vueltas a una intuición que cualquier lector conoce: disfrutar leyendo nos cambia. Los estudios que han seguido a miles de personas desde la infancia asocian la lectura por placer con un vocabulario más rico, con más conocimiento del mundo y con un mejor desarrollo intelectual. Otros trabajos la relacionan con el bienestar emocional y con algo precioso: la capacidad de ponerse en el lugar de otro. Habitar durante trescientas páginas la cabeza de alguien que no se parece a nosotros es, probablemente, uno de los mejores entrenamientos de empatía que existen. Pero en todo esto hay un matiz importante: el gusto por leer florece cuando hay libertad para elegir y alguien con quien conversar.
Ahí es donde un club de lectura se vuelve algo más que una cita mensual. Un grupo de personas que no tienen en común mucho más que su gusto por la lectura se reúnen alrededor de una mesa. Han leído el mismo libro, pero a la vez han leído libros distintos. Cada uno trae su edad, sus conocimientos y sus vivencias. Cuando hablan, nadie tiene la última palabra, ni siquiera el autor. Hay que explicar por qué un personaje nos irrita, encontrar la página que nos da la razón y, a veces, aceptar con una sonrisa que estábamos equivocados. Sin exámenes y sin notas, se practica cómo escuchar, dudar, argumentar y cambiar de opinión. Hay algo general que cuentan aquellos que participan en clubes de lectura: entienden mejor lo que leen, pierden el miedo a hablar y descubren que su opinión importa.
Quizá esa sea la lección. El pensamiento no se descarga como una aplicación, hay que aprender a enlazar ideas y a justificar nuestros argumentos. Necesita tiempo, un buen libro y alguien que nos mire y nos pregunte, con curiosidad sincera: “¿Y tú por qué lo ves así?”. Un club de lectura ofrece las tres cosas. Y, de paso, nos recuerda algo que a veces olvidamos con las prisas del día a día: leer es un placer que crece cuando se comparte.